El niño que no sabía decir adiós. Capítulo I
Voy a golpear las teclas del ordenador como si fuera un aprendiz de piano.
Voy a escribir frases inconexas.
Voy a ensuciar el espacio blanco.
No obstante, seré breve.
Y dicho esto, alzo la mirada a la pantalla,
me quito las gafas de lejos
y me pongo los ojos de cerca,
los oídos de Pink Floyd
y la camiseta sucia.
Todo esta dispuesto,
os voy a contar la historia del niño que no sabía decir adiós…
Aceitunas y ojeras
Nos conocimos en uno de esos sitios. Éste, en concreto, estaba semiderruido. Había goteras y ratas. Muchas ratas y algún gato despistado. Alcé la mirada y nos chocamos como dos automóviles suicidas, y en el siniestro, perdí la memoria. Lo siguiente que recuerdo es que estábamos sentados en el bar azul, con una cerveza, una tapa y dos miradas perdidas. Me extrañó un poco tu forma de comer aceitunas, hueso a la boca y carne al cenicero. Siempre me gustaron las chicas raras con ojeras. La coherencia mató al gato, ¿o era la curiosidad?
Treinta y dos años
Me ha sorprendido, no lo voy a negar. Estas cosas normalmente no me ocurren. Verás, siempre he confiado en mi “tipito”, pero esto me parece demasiado. Yo estaba aquí tan tranquilo tomándome mi café. Normalmente cuando se me acerca una chica desconocida me tiembla el pulso. Pero ya desde la media distancia me has proporcionado seguridad, estaba convencido de mis posibilidades. Tenía perfectamente claros cuáles debían ser mis pasos. Nada de brazos cruzados o una mano que misteriosamente se coloca en la nuca. Voz firme, cierta distancia, mirada fija a los ojos… Lo tengo todo preparado.
Has venido y me has preguntado la hora. Después te has dado media vuelta y te has ido. Creo que no lo he hecho mal, pero aquella chica simplemente esperaba a alguien. No debo extrañarme, yo lo llevo haciendo treinta y dos años…
Huir al centro de la tierra
Tenía la pala en mi mano y la decidida intención de cavar el agujero. El verdugo voluntario, venido directamente desde la Asociación, estaba preparado. Pasamontañas de color rojo, camiseta blanca grisácea, vaqueros rotos y caídos, aguardaba con su hacha fumándose un cigarrillo de liar. “Bueno, ¿es para hoy o no?”. “De acuerdo, además parece que va llover, hagámoslo ya”. Era plenamente consciente de mi deseo por enterrar mi cabeza.
Tom se lo canta con un megáfono
La otra noche
No paraba de llover, y era viernes por la noche. Era uno de esos días en que las alimañas de la amistad (G, R, A, etc) se habían confabulado contra mí, de modo que estaba solo en casa. Pero no paraba de llover, y esto, lejos de retraerme me excitaba. Nervioso, no cesaba en abrir y cerrar de forma compulsiva facebook, tuenti, msn, twitter, el blog, y toda arma contra la soledad de la que puede disponer un hombre moderno, me levantaba y sentaba como si un dios hubiera decidido jugar conmigo. Mis paseos sin orientación por la casa se convertían en una constante, pero seguía lloviendo, y esto me excitaba, me inquietaba. En un arrebato tomé mi abrigo “Batman” y salí a la calle como si necesitara ayuda médica. Corrí y corrí, de acera en acera, pisando los charcos, y el chasquido del agua me excitaba, me inquietaba. De repente te vi. Estabas trepando una farola intentado tocar la luz, empapada, transparente. Cuando me viste, tu mirada parecía haber sido cazada, rompiste con un tu mano ya ensangrentada la bombilla, bajaste y me tomaste de la mía. Aún recuerdo tus palabras, “vamos, tenemos mucho trabajo que hacer”.
Mi zapato
Hoy he tenido una conversación muy seria con uno de mis zapatos. Estaba tumbado con mi portátil viendo un video de una chica tailandesa en internet, cuando el zapato derecho se ha girado sobre sí mismo, me ha mirado –ya se sabe, de aquella forma que puede mirar un zapato – y me ha dicho que necesitaba hablar. Veréis, no suelo mantener conversaciones con mi zapato derecho, más que nada porque de los dos, siempre ha sido el menos hablador. Aún así, me he sentado en el suelo y le he escuchado detenidamente mientras me exponía sus quejas y peticiones. Por cierto, es sorprendente lo que hacen esas chicas con una buena cantidad de jabón.
Mi escondite
Cuando era aún más pequeño, en la gran casa en la que vivía había un gran mueble de caoba con una peculiaridad. Bajo determinadas circunstancias — y sólo muy de vez en cuando— si te arrastrabas por el suelo debajo de él y estirabas la mano, podías alcanzar las ramas de una especie de enredadera de lianas. El truco estaba en sujetarla con la suficiente fuerza como para poder incorporarte sobre ella y comenzar a trepar. Esta conducía a un espacio en el que sólo había niebla, silencio y sosiego. La paz que se respiraba era suficiente para compensar el esfuerzo y cada cierto tiempo, algún ente que no aparecía en esta locura te proporcionaba una bebida secreta que te daba fuerzas para seguir trepando. Nunca conseguí llegar al extremo. Siempre aparecía en alguna otra parte de la casa con el desconcierto de lo vivido, la paz que aporta un escondite y la mantenida curiosidad por conocer qué habría al final del camino.
Ésta es sólo una las muchas cosas que pasaban en mi antigua casa, en mi vieja casa.
Uno de esos domingos
Era una tarde de domingo, de esos que transcurren lentamente como si lo único que tuviese sentido es que se haga la oscuridad, y con ella, se instale otro tipo de estado.
S. y yo permanecíamos sentados en el sofá con un pie en el aburrimiento y otro en el interés por hacer algo. Entonces S. lo sugirió:
— Se nos ha acabado tío, habría que ir a comprar más.
— Sí, pero… ¿dónde? sabes que está todo cerrado.
— Alguna farmacia habrá de guardia…
— no seas absurdo, eso no lo venden en las farmacias ni nada parecido.
Entonces S. , dándole un azote a nuestra resignación, cogió su abrigo de paño gris y se marchó pegando un portazo como si yo tuviera algo de responsabilidad en aquella situación. Cruzó la calle y comenzó a caminar sin orientación, buscaba en la mirada de la gente como si tuvieran algo para él, para nosotros, para mí. Odio que se me acabe la FRIVOLIDAD un domingo por la tarde. Ya no sabes dónde buscarla.
Fin de Año del 87
Todo sucedió cuando llegó la octava. Para entonces, la tía Dorotea ya se había rendido como de costumbre (cincuenta años, cabello forjado a base de rulos y tinte de ocho euros, dos hijos, médico e ingeniero de caminos. No constan nietos, votante del PP). Mi padre, Alfredo, por su parte ya se las había comido todas y engollipado, bebía el poco cava que la dimensión espacio-boca le permitía (un padre de los años ochenta, familia numerosa de categoría 1, sueldo medio, renuncia completa a su vida social. Socialista, por la cuenta que le traía…). Mi prima Estefania iba por la quinta y repetía con la boca llena que “cada año iban más rápido” (estudiante de tercero de Económicas, brillante, salvo por una cosa que nadie sabía, prostituta de lujo. No constan preferencias políticas).
Todo transcurría según lo planeado. Hasta que llegó la octava. Al día siguiente, todos callaban, nadie quería hablar del tema. Ni siquiera las típicas llamadas pos reunión familiar para comentar la jugada. Esto es: criticar el vestido de la novia de un sobrino x, comentar la mala educación de alguna cuñada, o ¡lo salados que estaban los langostinos de Berta! Pero en esta ocasión falto todo aquello.
Años después, nadie olvida el día en que mi hermano pequeño, Sebas, decidió cogerle una teta a nuestra cuñada justo en la octava uva.






